Hoy me contaba por audio un compañero de profesión (y gran amigo) las anécdotas de su fiesta de este viernes.
Curiosamente, al menos la mitad de mis grandes amistades (de esas que aguantan estoicas desde hace más de ocho años) son psicólogos y resultan ser las personas más humanas que conozco. Sé de buena tinta que son unos profesionales excelentes que se desviven por sus pacientes en consulta pero, adivina qué, también tienen días malos (como todos).
Parece una obviedad, pero hoy me apetecía desmitificar un poco nuestra figura. Romper con esa idea del psicoterapeuta como un ente que todo lo sabe y al que nunca le pasa nada, porque eso está muy lejos de la realidad.
Yo he visto (y he vivido en primera persona) cómo mis colegas han atravesado todas y cada una de las fases de un duelo, cómo han sudado la gota gorda sobreviviendo a un ataque de pánico o lidiando con la fobia social.
Porque sí, tomarte algo en una terraza ratio 1:1 con tu colega terapeuta, y hablar de los problemas de la vida cotidiana también es terapéutico.
Así que sí, claro que tu terapeuta sale de fiesta. Y a veces, hasta es el último en irse a casa.